Monte Carmelo insiste. Las semillas afro-indo-campesinas insisten. La gente insiste en juntarse. A pesar de que la monarquía vive aún en nuestros cuerpos (como diría Simón Rodríguez), a pesar de que los conquistadores noratlánticos de ayer y de hoy nos imponen su alma, nuestra corporalidad viviente sigue respondiendo al llamado antiguo-presente de la tapirama y la cuiba, el chimbangle y el mañoco. Seguimos respirando el sublime aliento de la Amazonía que al pueblo infundió. Seguimos con vida y con ganas de seguir desalambrando la cerca que impusieron entre nosotrxs y la vida abundante para la que nacimos: abundante en común-uniones, en profundas conexiones vitales con todo lo que existe, ha existido y existirá. Abundante en confluencias, comprensiones y solidaridades. Hoy, 29 de octubre de 2019, catorce años después, Monte Carmelo insiste en restituir el sendero de nuestras antiguas, presentes y futuras abundancias.
Aquí se insiste en que las semillas afro-indo-campesinas (desfetichizadas, es decir, llenas de gente que cuida la vida perdurable para todas y todos) son la concreción del espíritu mesiánico de la liberación. El espíritu del sancocho. Amuletos contra el Ser del colonialismo, el capitalismo y el patriarcado. Contra la obsesión por el Uno, como dice Aura Cumes. Cuando las comemos nos subjetivamos de pueblo montaraz, nos sujetamos al otro y a la otra de todos los tiempos, a las energías libertarias de todo lo que ha vivido, vive y vivirá.
Literalmente: cuando las comemos, subsumimos su contenido de pueblo que las sembró y las cuidó, libres de todo paquete biotecnológico moderno. Son semillas que contienen “el nosotxs mismos”, que “nos-contienen”. Literalmente: su contenido es nuestra corporalidad viviente. Cuando comemos sus frutos nos comemos a nosotrxs mismxs, comemos la colectivización del nosotros. Consumimos puro amor político. Incorporamos a nuestros cuerpos las esperanzas y las certezas de un presente-pasado-futuro de abundancia común-unitaria, planetaria, pluriversa, real.
¿Qué ocurriría si nos acostumbramos a comer los frutos de estas semillas? ¿Qué si acostumbramos nuestros cuerpos a consumir la energía comunalizada que esos frutos contienen? Sería como comer el fruto de nuestras alianzas más comprometidas con la vida perdurable. Sería meter en nuestros cuerpos el espíritu de las alianzas populares ancestrales. Sería hacer vivir en nosotrxs las corporalidades vivientes de lxs demás, de la gente “comunalizada”. Restituiríamos en nosotrxs el orden-caos cíclico de la existencia. El camino del círculo que trazamos entre todxs.
Trascenderíamos la fórmula de la modernidad, sentenciada por Simón Rodríguez: “cada quien para sí y Dios para todos”, cuya expresión aritmética es 1/1=1, es decir: Yo/Yo=Ser (que funciona muy bien en aritmética pero no para la existencia humana). La persona humana no puede ser indivisible, no puede sostenerse ÚNICAMENTE sobre sí misma. De intentarlo, no duraría ni una fracción de segundo con vida. (Por eso la exigencia “nueva era” y “neoliberal” de primero Yo y luego lo demás es tan violenta.) La verdadera expresión matemática de la persona humana es 1/1+∞, Yo/Yo+otrxs=existencia, es decir, el Yo se sostiene sobre sí mismo SÓLO en alianza con múltiples alteridades, no sólo humanas, no sólo vivas. La persona humana SÓLO PUEDE EXISTIR como parte de una otredad que lo constituye. Esta es la realidad de la existencia. De allí que la fórmula de la semilla afro-indo-campesina sea: Persona humana/sancoho=divino.
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